miércoles, 4 de julio de 2012

La mirada escapada


Cuando se escapó, la mirada se fue calle abajo, volvió a la tienda de frutas en donde le gustaba contemplar los duraznos, y más tarde pasó por el parque para buscar la mariposa que se quedó revoloteando el otro día. Cuando anocheció se hizo un lugar en un farol y observó las telarañas del semáforo. A la madrugada se arrimó a tu ventana, la luz encendida le explicó que estabas despierto, así que escaló el muro y llegó al vidrio. Cuando te vio adentro leyendo un libro y tomándote un vino, la mirada lloró porque no podías sentir su presencia. De pronto, como quien es sorprendido en silencio, tus ojos se salieron del libro y miraron hacia la ventana buscándola; pero ella ya había vuelto a mis ojos cansados.

Emma Sánchez

lunes, 18 de junio de 2012

El secreto del coleccionista



La biblioteca tenía cuatro ventanas, todas ellas largas como estatuas, se alzaban sobre una pequeña porción de pared y llegaban hasta el elevado techo curvado como una bóveda. Los libros se apiñaban en centenares de anaqueles desde el techo hasta el piso y la luz que entraba por las cuatro espléndidas ventanas sin cortinas, los llenaban de matices asombrosos. En algunos momentos del día asemejaban lápices de variados colores puestos uno al lado del otro en posición vertical. No parecía haber ningún espacio sobrante entre ellos, magníficamente dispuestos, augustos como héroes antiguos no se desalineaban de una perfecta línea vertical que los acomodaba como reyes en su trono.

En el centro de la biblioteca había una gran mesa de roble con cuatro antiguas y cómodas sillas tapizadas de violeta. La araña que había en el centro del techo abovedado despedía miles de asombrosos haces amarillos cuando la luz natural abandonaba las ventanas para descansar. La biblioteca se volvía fría en la noche, como si se muriera silenciosamente cada atardecer. En ocasiones el resto de la casa parecía estar más cálido que la oscura biblioteca.
Nicolás miraba estupefacto cada centímetro del gran salón, en ocasiones no podía creer que tantas historias se hubieran escrito. Estuvo averiguando con su profesor, y la de su abuelo era la biblioteca privada más grande del país. Se preguntaba por qué nadie se lo había dicho en casa, ni siquiera su abuelo. Si él tuviera un Spitfire real en su colección de aviones no se quedaría callado; se lo mostraría a todos sus amigos y los invitaría a admirarlo. 

A Nicolás le gustaba entrar de noche y con una linterna, pues si prendía la araña de luz está delataría su presencia, y lo vendrían a buscar para que durmiera. Le producía fascinación pasear su mano por los libros como quien acaricia la piel más deseada. Su admiración y respeto era tan profundo que no se atrevía a sacarlos y desacomodarlos. Algunos eran casi tan grandes como él, y otros pequeñitos como con letras de miniatura. Aunque se subía muchas veces a la escalera para alcanzar los anaqueles más largos, no podía dejar de sentir un vértigo espantoso que lo hacía sudar frío y temblar de un modo que ponía en riesgo su silenciosa tarea. Así que generalmente andaba sobre el suelo y estudiaba minuciosamente los títulos de cada uno de los libros de los anaqueles más bajos. Todas las noches, desde hacía un año que había muerto su abuelo, bajaba a la biblioteca, daba una vuelta por cada uno de los anaqueles que alcanzaba pasando su mano por cada libro. Lo hacía porque le gustaba la sensación del cuero y memorizarse cada uno de los títulos de la biblioteca y en el orden exacto en que se encontraban de izquierda a derecha, puesto que era zurdo, y la izquierda era por donde siempre empezaba. 
Ya tenía memorizados 856 títulos, lo cual para un niño de diez años era un gran logro. No se lo había contado aún a nadie porque quería alcanzar un número mucho mayor. Le fastidiaba la idea de que cuando lo contara en el colegio, a Daniel le fuera a dar envidia y como su padre también era coleccionista de libros, se fuera a poner a hacer lo mismo para ganarle rápidamente. Así que como Daniel tenía tan buena memoria y siempre era el número uno en matemáticas, de pronto podía alcanzarlo rápidamente. En su cuaderno llevaba ya 945 títulos escritos, pero memorizados solo tenía 856, así que se había propuesto esta noche solamente ir a estudiar para alcanzar al menos 900 sin olvidar para mañana. Estaba dispuesto a que cuando sus compañeros, asombrados por su enorme capacidad, le pidieran que los recitara de memoria, él los llevaría a la biblioteca, les mostraría el orden en que los tiene aprendidos, se pondría un paño en los ojos y los recitaría con el acento majestuoso de los discursos políticos. 

Nicolás estaba convencido que era el mejor modo de sobresalir en el colegio y además honrar la memoria de su abuelo como coleccionista de libros, puesto que si uno es coleccionista debe empezar por aprenderse cada uno de los elementos de su colección. Él, por ejemplo, se sabía de memoria, cada uno de los 101 modelos de aviones que tenía en la suya, y de cada uno había estudiado su historia y sus especificaciones. Creía que lo que hacía a un buen coleccionista era que aunque su colección llegara a crecer mucho, como la de su abuelo, nunca se olvidaran cada uno de los objetos que la componían. Pero esta noche particularmente, un poco cansado, pues había estado jugando todo el día y corriendo por el jardín con Marianne, se preguntaba por qué su abuelo nunca recitó los títulos de sus libros ante sus amigos y familiares. No podría creer que su abuelo fuera un mal coleccionista porque siempre fue muy inteligente y pasaba largas horas en la biblioteca. Recordó que varias veces, cuando entraba a saludarlo, veía a su abuelo concentrado con un gran libro de pasta de cuero rojizo y que parecía muy antiguo, el cual le tomó, según supo, mucho tiempo leer por su gran magnitud. ¿Sería posible que su abuelo hubiera invertido mucho tiempo a leer las historias de los libros y olvidara sus títulos? Si pensaba en cuál de las dos cosas era más importante, Nicolás no podía decidirse. Había algunas historias que a él le habían gustado en su infancia, pero nunca tantas como a su abuelo. ¿Sería posible que su abuelo hubiera armado su colección sólo de las historias que le gustaron? En este caso, sería más fácil que se hubiera aprendido la historia y el nombre de cada una. Le parecía una lástima que nunca hubieran conversado de esto para poderle preguntar por qué nunca lo escuchó recitar los nombres de sus libros preferidos, y ni siquiera comentar en casa que tenía la mejor biblioteca privada del país. Nicolás no entendía qué le pasaría a su abuelo para ser tan silencioso con el tema. De pronto pensando en esto mientras se distrajo con el título 863, History of the Peloponnesian War de Thucydides, le llegó una idea iluminadora a su cabeza; su abuelo guardaba un secreto.

Y no podía ser un secreto cualquiera, tenía que ser algo tan majestuoso como semejante biblioteca. Nicolás se sintió totalmente sobrecogido, el salón se le hizo más frío. De pronto levantó la mirada hacia todos los estantes que en la oscuridad y sólo levemente iluminados por la luz de su lámpara, parecían ya no lápices coloridos, sino momias sepultadas en la tierra. Sintió miedo y ganas de correr a su habitación, pero un niño de diez años ya no hace esas cosas. Así que se quedó en silencio, respiró profundo, miró su cuaderno con la lista de 945 libros de los que ya había memorizado 857 a la perfección, cerró los ojos, vio los títulos uno por uno en su mente, y supo con la convicción que se tiene cuando uno ha encontrado lo que busca, que él sería el revelador del secreto. Abrió los ojos, cerró su cuaderno, y se dispuso a abrir el primer libro del estante más bajo, el de la izquierda, siempre por la izquierda. 

Emma Sanchez

viernes, 30 de septiembre de 2011

Cuando vino la lluvia (Fragmento 5)

-Que te dije que no me hicieras sitio en tu cama porque nunca me iba a ir. Te advertí que luego iba a empezar a necesitarte como un pendejo sin orgullo ni vergüenza. Te predije que me iba a enamorar de vos y vos te creíste orgullosa de tu belleza, pero te escribí que mi amor es insoportable, que ya me ha pasado antes, que te ibas a cansar de mí, que por mí podía quedarme a tu lado literalmente, toda la vida y nada más me iba a empezar a importar. Te dije que soy persistente y que cuando se me mete una idea no me la puedo sacar hasta que me echan como a un perro y ando volteando entre las cervezas para olvidarme del último amor, de la dulce desdicha de las despedidas. Te lo advertí, te lo dije, te lo grité la última vez y ahora no me puedo librar de mi infeliz amor hacia vos. ¿Por qué me hacés tanto daño? ¿Acaso me odiás?-

jueves, 21 de julio de 2011

CUANDO VINO LA LLUVIA (Fragmento 4)

-¡¿Qué, no te crees que tengo miedo?!. Soy un absurdo despojo de miedos humanos e inhumanos que fragmentados han ido creciendo en mis tripas como protozoos que pueden reproducirse ellos mismos, duplicarse, enroscarse y hasta ventilarse sin ayuda de nadie. ¡¿Vos me creíste cuando te dije que me juré no tener miedo a los cinco años?! Pues te cuento que fue una estúpida mentira que me engañó primero a mí misma y luego a la misma que soy. ¡Mierda! Absolutamente mierda; tiemblo de pánico cuando camino sola en la noche, y me da pavor dejar la puerta del closet semi abierta, y amarte me pone el estómago como si me hubiera comido un pescado podrido. Soy un despojo de vacilación que grita en la boca del estómago y una maraña de hebras enredadas que se me acumularon en la cabeza, mis manos permanecen frías casi todo el día, y me tiembla la voz cuando pienso que voy a quedar ciega. Pero lo más terrible, el miedo más despreciable es este que se me abalanza cuando me pedís más, cuando sin pedirme yo quiero darte más, y mis pensamientos te dan más, y mis caricias salen directo del corazón o de la capa profunda de mi cerebro, y llega a su punto culminante cuando como un relámpago te imagino en mi cama por todas las noches venideras. Allí, en ese súbito relampagueo de la fantasía me encuentro. Encuentro un deseo y un miedo nefasto, porque el deseo y el miedo vienen juntos como una pareja infernal que mortifica. Avanza entonces la incomodidad en los pies, los protozoos del estómago se retuercen hasta colapsar en una orgía gástrica, mis ojos no quieren ver, y yo quiero irme, irme y nunca volver, pero ni siquiera soy valiente para levantarme. Lo que hace la capa superficial de mi cerebro es aconsejarme mal, me muestra las pequeñeces que te harían una mala pareja para el resto de mis días, y me las muestra ampliadas con un zoom que me centellea en la pupila y me hace decirte que quiero dejar de amarte, como si esa fuera mi salvación…-

- ¡A lo mejor debas irte a ver qué te gritan tus tripas!- le gritó Octavio desesperado. –A lo mejor no me amás, y simplemente tus protozoos son tu mejor señal evolutiva para rechazar lo que te hace daño digerir. ¡¿Por qué no te largás?!, o te vas a volver a perder y te las vas a picar de fuerte y vas a conseguir un idiota que te guíe y no te de miedo y tu vida va a ser como una leche deslactosada y un postre sin azúcar. ¡Largate!.-

martes, 5 de abril de 2011

Cuando vino la lluvia (Fragmento 3)

-¿Vos te has puesto a pensar que los días de sol son un fastidio? Especialmente cuando uno ya se acostumbró a esta lluvia y esta humedad. Uno los detesta con su falsa ilusión de cambio, con sus quemonazos en la ropa, con el ardor en la piel, con los ojos que no pueden ver nada y deben volver a las gafas oscuras. Uno se siente como a quien solo le están dando un contento insensato y efímero para luego volver al frio en los huesos y el agua en los zapatos. Son detestables los días de sol en esta ciudad. Además toca observar a esos idiotas en la calle con sonrisa anonadada porque pudieron vestirse de colores y telitas ligeras, sintiéndose ahora sí humanos y hasta con ganas de ser cálidos, escuchar, sonreír y saludar a los demás.-

- - Simplemente te acostumbraste mucho al gris- dijo ella mientras se maquillaba las cejas para quedar tan pintada como marilyn.

- - Deberías de prestarme más atención. Que te digo que el sol es un fastidio con su asociación de alegría y compañerismo cívico empalagoso. ¿Por qué no te quedás hoy conmigo?-

- - Porque Marcos me invitó a tomar el sol- dijo ella rencorosamente con una sonrisa sarcástica, ¿cómo se manifiesta mejor el rencor?, y con una mirada de sinceridad absoluta que le atravesó el corazón, mientras se ponía los tacones y se despedía con un beso ágil e infiel.

sábado, 2 de abril de 2011

Pídelo

Si me quieres a tu lado, dímelo.

Si quieres que mis manos te acompañen

mientras tu mente crea los últimos trampolines

que requiere tu espectáculo.

Si quieres que mis ojos te alumbren el sueño

que de chico nunca te dejó dormir.

Si requieres mi cuerpo para entregar en una carcajada

tu alegría.

Si necesitas mis labios para que te digan las verdades

que tus secretos guardan como testamentos.

Si necesitas mis brazos para sostenerte,

Y mis manos para escribirte.

Si te sirve mi pensamiento para calmar el tuyo

y mis preguntas para crear las dudas.

Si deseas mi vida, mi tiempo, mi presencia,

mi calma y mi enojo, mi impaciencia y mi amor;

sólo pídemelo con gritos y palabras,

con música e ingenio,

que yo estoy imposibilitada para negarme.

Me tienes en tus manos... (Jaime Sabines)


Me tienes en tus manos
y me lees lo mismo que un libro.
Sabes lo que yo ignoro
y me dices las cosas que no me digo.

Me aprendo en ti más que en mi mismo.
Eres como un milagro de todas horas,
como un dolor sin sitio.
Si no fueras mujer fueras mi amigo.
A veces quiero hablarte de mujeres
que a un lado tuyo persigo.
Eres como el perdón
y yo soy como tu hijo.
¿Qué buenos ojos tienes cuando estás conmigo?
¡Qué distante te haces y qué ausente
cuando a la soledad te sacrifico!
Dulce como tu nombre, como un higo,
me esperas en tu amor hasta que arribo.
Tú eres como mi casa,
eres como mi muerte, amor mío.