lunes, 17 de septiembre de 2012

LA CUADRA IMAGINARIA




En donde vivo hay una montaña. La montaña es sonriente casi todo el tiempo y le gusta tener casitas de colores donde vive gente con vidas de colores. A veces se pone gris porque el cielo quiere tocarla y la cubre con su humo. A veces el sol la calienta y la vuelve verde brillante mientras ella busca combinar con las vidas coloreadas de la gente que duerme en coloreadas camas.

Desde mi ventana se ven sus cuadras repletas de ventanas que de noche me muestran las vidas iluminadas de hogares donde hay gente que habla, se acaricia y duerme acompañada. Desde mi ventana en la noche mientras me acompaña mi soledad, que se llama  Tomás, porque es hombre y pocas veces habla pero cuando lo hace me dice verdades, me gusta ver las cuadras repletas de lámparas de vida acompañada.

Muchas personas suben y bajan la montaña cada día y cada noche. Historias de amor y desamor, de peligro y seguridad, de silencio y algarabía se tejen entre los recorridos de personas, que como hormigas se adentran en las calles de estas cuadras repletas, y crean lo que Tomás y yo hemos llamado “Historias de cuadrantes”. 

Pero lo que poca gente sabe es que hay una cuadra que nadie conoce. Es una cuadra imaginaria. Nadie la conoce porque ha decidido permanecer oculta para que ningún inescrupuloso quiera transitarla. Baja desde la montaña hasta mi ventana en línea casi perfecta. Tomás me ha hecho notar que lo hace de un modo extraño; toca los árboles altos como pinos del camino, bordea un caminito iluminado de una conocida universidad y llega hasta el portón blanco de un edificio amarillo.  No sabemos qué trama y me ha dado miedo lanzarme a recorrerla porque me implica salir de mi ventana de un noveno piso, dar un paso al frente sobre el vacío de una calle transitada y confiar en que la cuadra no me deje caer. Implica que deje la comodidad de mi almohadón, el vino que me acompaña en la noche y sobretodo que deje de mirar la sonriente montaña y empiece a buscar qué hay detrás del portón blanco, o a sus alrededores. He pensado a veces que si alguien del otro lado me tirara una cuerda yo podría pasarla sin miedo. Me lanzaría como en Canopi y hasta intentaría tocar las hojas verdes de los árboles que la rodean para sonreír un poco más.

Es extraño ver una cuadra imaginaria donde nadie más puede hacerlo, y más extraño aún que se detenga justamente en mi ventana y no en la de nadie más. Tomás dice que si no me decido pronto, tal vez se aburra y se vaya a buscar nuevas ventanas. Él asegura que la cuadra me quiere ayudar a encontrar algún tesoro escondido que debe haber más allá del portón, y que yo sería absolutamente tonta si no le hago caso. Pero es que Tomás no entiende que él no es de carne y hueso como yo, que si él se cayera de un noveno piso sólo sufriría yo que me quedaría sin soledad, pero nadie más, y que además no habría dolor, ni dejaría de ver a sus seres queridos, ni se lanzaría con ilusiones y emociones a un mundo desconocido, que a los humanos tanto nos asusta.

Anoche Tomás se enojó conmigo, y luego mientras dormía, y a mi me acompañaba mi insomnio, que se llama Juana porque es mujer y bien habladora y nadie la calla, me levanté y llegué hasta mi ventana. Juana, que se parece a Juana la Loca, me siguió en pijama y pantuflas, y se quejaba del frío y del café que me tomé antes de irme a la cama, y de mis pensamientos estúpidos en las noches, de la pesadilla que la despertó y de no sé qué más. Me quedé observando la cuadra imaginaria una vez más y al fondo el portón blanco se veía  amarillo porque la cuadra ha dispuesto una lámpara que ilumine el final del camino. Al parecer según me contó luego, -cuando decidí conversarle para conocerla y tenerle más confianza-, le pidió el favor al Alto Consejero de la Cuadra que le pusiera una luz en esa esquina, para que las personas miedosas como yo, no nos atemorizáramos tanto. Suspiré un poco, miré a Juana que ahora me observaba sin parpadear y curiosamente se había quedado muy callada. Me dijo que no le pidiera consejo a ella porque ella no era muy buena amiga de los pensamientos razonables. Yo le dije que los pensamientos razonables nunca habían sido muy buenos consejeros míos, no sé por qué pero a mi no me han ayudado precisamente a ser feliz. Entonces Juana se quedó un rato pensando, se notaba que hacía un esfuerzo sobrehumano y se movía por toda la sala sin parar. Luego de media hora me dijo con un tono alegre que ya sabía a quién podía preguntarle. Me dijo que le preguntara a la confianza, que en mi caso se llama Andrea, ya que siendo tanto hombre como mujer, y siendo la que más vive tranquila y feliz, según Juana, reunía las condiciones perfectas para ayudarme en este dilema.

Esta idea me pareció estupenda, pero ¿dónde estaba Andrea?, la última vez que la había visto había sido rato ya, sé que en los últimos meses apareció en pequeños momentos pero yo andaba tan ocupada que ni la saludé bien. Es probable que estuviera brava conmigo. A Juana se le ocurrió que debía andar en mi biblioteca leyendo de nuevo mi libro favorito, el de la historia interminable, que ella intentó leer una vez pero no hizo sino despertarla más. Entonces corrí hacia mi biblioteca, Tomás se despertó y me observaba enojado, y Andrea no me respondió hasta que le recité una de mis frases favoritas:
“Only the right name gives beings and things their reality. A wrong name makes everything unreal. That's what lies do.”

Andrea me miró en silencio, cerró el libro y respondió:
“There were thousands and thousands of forms of joy in the world, but that all were essentially one and the same, namely, the joy of being able to love.”

Y continuó:
-That’s what you have to do, that’s the path you got to walk.-

Anoche salí a la ventana, el viento helado de la madrugada quería devolverme de un tirón, pero yo lo nombré con el nombre adecuado, y al miedo, al vértigo, a la noche, a la luna, a la incertidumbre, a la montaña oscura y sonriente; a todas les puse su nombre y así me dejaron caminar. Mientras atravesaba, la cuadra imaginaria me contó su historia, hecha de 27 letras, como todas las historias. Pero esa es otra historia y deberá ser contada la siguiente vez.

Emma Sánchez