La biblioteca tenÃa cuatro ventanas, todas
ellas largas como estatuas, se alzaban sobre una pequeña porción de pared y
llegaban hasta el elevado techo curvado como una bóveda. Los libros se apiñaban
en centenares de anaqueles desde el techo hasta el piso y la luz que entraba
por las cuatro espléndidas ventanas sin cortinas, los llenaban de matices
asombrosos. En algunos momentos del dÃa asemejaban lápices de variados colores
puestos uno al lado del otro en posición vertical. No parecÃa haber ningún
espacio sobrante entre ellos, magnÃficamente dispuestos, augustos como héroes
antiguos no se desalineaban de una perfecta lÃnea vertical que los acomodaba
como reyes en su trono.
En el centro de la biblioteca habÃa una gran mesa
de roble con cuatro antiguas y cómodas sillas tapizadas de violeta. La araña
que habÃa en el centro del techo abovedado despedÃa miles de asombrosos haces
amarillos cuando la luz natural abandonaba las ventanas para descansar. La
biblioteca se volvÃa frÃa en la noche, como si se muriera silenciosamente cada
atardecer. En ocasiones el resto de la casa parecÃa estar más cálido que la oscura
biblioteca.
Nicolás miraba estupefacto cada centÃmetro del
gran salón, en ocasiones no podÃa creer que tantas historias se hubieran
escrito. Estuvo averiguando con su profesor, y la de su abuelo era la
biblioteca privada más grande del paÃs. Se preguntaba por qué nadie se lo habÃa
dicho en casa, ni siquiera su abuelo. Si él tuviera un Spitfire real en su
colección de aviones no se quedarÃa callado; se lo mostrarÃa a todos sus amigos
y los invitarÃa a admirarlo.
A Nicolás le gustaba entrar de noche y con una
linterna, pues si prendÃa la araña de luz está delatarÃa su presencia, y lo
vendrÃan a buscar para que durmiera. Le producÃa fascinación pasear su mano por
los libros como quien acaricia la piel más deseada. Su admiración y respeto era
tan profundo que no se atrevÃa a sacarlos y desacomodarlos. Algunos eran casi
tan grandes como él, y otros pequeñitos como con letras de miniatura. Aunque se
subÃa muchas veces a la escalera para alcanzar los anaqueles más largos, no
podÃa dejar de sentir un vértigo espantoso que lo hacÃa sudar frÃo y temblar de
un modo que ponÃa en riesgo su silenciosa tarea. Asà que generalmente andaba
sobre el suelo y estudiaba minuciosamente los tÃtulos de cada uno de los libros
de los anaqueles más bajos. Todas las noches, desde hacÃa un año que habÃa
muerto su abuelo, bajaba a la biblioteca, daba una vuelta por cada uno de los
anaqueles que alcanzaba pasando su mano por cada libro. Lo hacÃa porque le
gustaba la sensación del cuero y memorizarse cada uno de los tÃtulos de la
biblioteca y en el orden exacto en que se encontraban de izquierda a derecha,
puesto que era zurdo, y la izquierda era por donde siempre empezaba.
Ya tenÃa memorizados 856 tÃtulos, lo cual para
un niño de diez años era un gran logro. No se lo habÃa contado aún a nadie
porque querÃa alcanzar un número mucho mayor. Le fastidiaba la idea de que
cuando lo contara en el colegio, a Daniel le fuera a dar envidia y como su
padre también era coleccionista de libros, se fuera a poner a hacer lo mismo
para ganarle rápidamente. Asà que como Daniel tenÃa tan buena memoria y siempre
era el número uno en matemáticas, de pronto podÃa alcanzarlo rápidamente. En su
cuaderno llevaba ya 945 tÃtulos escritos, pero memorizados solo tenÃa 856, asÃ
que se habÃa propuesto esta noche solamente ir a estudiar para alcanzar al
menos 900 sin olvidar para mañana. Estaba dispuesto a que cuando sus
compañeros, asombrados por su enorme capacidad, le pidieran que los recitara de
memoria, él los llevarÃa a la biblioteca, les mostrarÃa el orden en que los
tiene aprendidos, se pondrÃa un paño en los ojos y los recitarÃa con el acento
majestuoso de los discursos polÃticos.
Nicolás estaba convencido que era el mejor modo
de sobresalir en el colegio y además honrar la memoria de su abuelo como
coleccionista de libros, puesto que si uno es coleccionista debe empezar por
aprenderse cada uno de los elementos de su colección. Él, por ejemplo, se sabÃa
de memoria, cada uno de los 101 modelos de aviones que tenÃa en la suya, y de
cada uno habÃa estudiado su historia y sus especificaciones. CreÃa que lo que hacÃa
a un buen coleccionista era que aunque su colección llegara a crecer mucho,
como la de su abuelo, nunca se olvidaran cada uno de los objetos que la
componÃan. Pero esta noche particularmente, un poco cansado, pues habÃa estado
jugando todo el dÃa y corriendo por el jardÃn con Marianne, se preguntaba por
qué su abuelo nunca recitó los tÃtulos de sus libros ante sus amigos y
familiares. No podrÃa creer que su abuelo fuera un mal coleccionista porque
siempre fue muy inteligente y pasaba largas horas en la biblioteca. Recordó que
varias veces, cuando entraba a saludarlo, veÃa a su abuelo concentrado con un
gran libro de pasta de cuero rojizo y que parecÃa muy antiguo, el cual le tomó,
según supo, mucho tiempo leer por su gran magnitud. ¿SerÃa posible que su
abuelo hubiera invertido mucho tiempo a leer las historias de los libros y
olvidara sus tÃtulos? Si pensaba en cuál de las dos cosas era más importante,
Nicolás no podÃa decidirse. HabÃa algunas historias que a él le habÃan gustado
en su infancia, pero nunca tantas como a su abuelo. ¿SerÃa posible que su abuelo
hubiera armado su colección sólo de las historias que le gustaron? En este
caso, serÃa más fácil que se hubiera aprendido la historia y el nombre de cada
una. Le parecÃa una lástima que nunca hubieran conversado de esto para poderle
preguntar por qué nunca lo escuchó recitar los nombres de sus libros
preferidos, y ni siquiera comentar en casa que tenÃa la mejor biblioteca
privada del paÃs. Nicolás no entendÃa qué le pasarÃa a su abuelo para ser tan
silencioso con el tema. De pronto pensando en esto mientras se distrajo con el
tÃtulo 863, History of the Peloponnesian
War de Thucydides, le llegó una idea iluminadora a su cabeza; su abuelo
guardaba un secreto.
Y no podÃa ser un secreto cualquiera, tenÃa que
ser algo tan majestuoso como semejante biblioteca. Nicolás se sintió totalmente
sobrecogido, el salón se le hizo más frÃo. De pronto levantó la mirada hacia
todos los estantes que en la oscuridad y sólo levemente iluminados por la luz
de su lámpara, parecÃan ya no lápices coloridos, sino momias sepultadas en la
tierra. Sintió miedo y ganas de correr a su habitación, pero un niño de diez
años ya no hace esas cosas. Asà que se quedó en silencio, respiró profundo,
miró su cuaderno con la lista de 945 libros de los que ya habÃa memorizado 857
a la perfección, cerró los ojos, vio los tÃtulos uno por uno en su mente, y
supo con la convicción que se tiene cuando uno ha encontrado lo que busca, que
él serÃa el revelador del secreto. Abrió los ojos, cerró su cuaderno, y se
dispuso a abrir el primer libro del estante más bajo, el de la izquierda,
siempre por la izquierda.
Emma Sanchez
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