miércoles, 11 de julio de 2012

Márchate


Cuando llegas a mi vida, tristeza,
se me escurren las distancias,
se me aparece la nostalgia
del tiempo porvenir, del sueño
infortunado.

Si me dejas, en la oscuridad
de mi cuarto, en la matutina
modorra del desempleado,
no me pidas que te traiga de nuevo
al corazón estrellado,
al lodazal de mi vida, tristeza

Márchate rauda, maligna, poética.
Sal por la puerta y déjala sonando,
o tírate por el balcón y haz un escándalo.
No me interesa ya retenerte a mi lado,
que se me fue la vida entre tu vereda
y el mar al otro lado,
y ya no logro volver al centro de mi pasado.

Ese árbol ya no está conmigo,
esta carta se lanzó al lago de mi vida,
mis palabras ya resonaron en tus lágrimas
y tus dolores ya hicieron nido en mi mirada. 

Déjame amarte en la distancia,
para cubrirme en la noche con la lluvia
de la risa,
que no quiero más esta asfixia
que me ha dejado sin olfato.

Sin sitio



Oscurecía poco a poco tan lentamente que Pablo se desesperaba. Quería que el ruido de la avenida bajo su balcón disminuyera dejando que la noche llegara con su música a acariciarle su silencio. El café se había enfriado ya pero no quería levantarse de la silla. El libro estaba sobre la mesa con las flores que ella le había traído para su cumpleaños. La espera se le estaba haciendo eterna. Ella dijo que llegaría a las  seis y media, pero él sabía que llegaría al menos media hora después. Pablo se las ingenió para entretener su mente con los transeúntes mientras sentía el vacío de su ausencia, y de vez en cuando miraba hacia la sala sus maletas repasando todo lo que contenían; una vida entera que se había multiplicado por tres en comparación con el número de maletas cuando aterrizó en casa. 

Finalmente llegó, traía un gabán blanco y su pelo negro azabache cayendo sobre sus hombros hacía un contraste especial. Él apagó el cigarro como por ocuparse y no mirar mientras ella terminaba de apilar una última caja sobre el tumulto de maletas e iba hasta la habitación para recoger la ropa de ayer y meterla en una bolsa. Pronto llegaría el camión que recogería sus cosas. Ella revoloteaba por la casa en silencio, y su nariz estaba roja como si hubiera estado llorando. No lo miraba. Él sólo pensaba que la casa quedaría tan sola ahora que ella se llevara todo lo suyo. Hace poco sentía que ya no tenía ni un solo espacio en su apartamento, pero ahora se le aparecía tan vacío y patético; un apartamento de soltero, sin sentido de la decoración ni el interés de vivir con algo más que lo básico. Era como si lo estuvieran desvalijando de cosas que nunca pensó que necesitaría, pero ahora que se iban, era como si le quitarán el juguete de su infancia. Que ella se fuera era volver al viejo dolor de los amores inconclusos, de las esperanzas perdidas, de las frustraciones robustas de motivos. 

Cuando estuvo en el balcón, se sentó en la silla de al lado, después de haberse tomado su tiempo para respirar en la baranda. Lo miró en silencio. Pablo entendió que estaba reprochándole todo, desde el día en que no atendió bien a su padre hasta el que llegó tarde a su cumpleaños. Todo lo que podía quedar en el pasado ella lo estaba trayendo para recriminárselo todo junto como en una lista del mercado y poderse ir tranquila. La escuchó en silencio. La dejó iniciar, y seguir, y seguir, mientras él encendía un cigarrillo y otro más. Al final ella calló. 

-¿Qué tienes para decir?- dijo en el mismo tono recriminatorio de todo lo anterior
-No me quites este dolor porque si no lo tengo no sentiré nada más.- dijo Pablo mirándola seriamente. No estaba seguro de que ella pudiera comprender a qué dolor él se refería. Pero se dio cuenta que ella se apuro a responder.
-¡¿Cómo puedes vivir así?!- dijo alzando la voz en un tono recriminatorio más agudo, con tintes de indignación como quien quiere tumbar todo argumento aplastándolo en el “¿Cómo se te ocurre?”. -Creo que eres muy masoquista y buscas que yo te siga rechazando para tener más sufrimiento en tu vida y regodearte en tu autocompasión- decía con rabia mientras se paraba y se prendía de la baranda dándole más dramatismo a la escena.
-¿Y qué importa? ¿Qué tiene de malo eso? No soy una persona alegre, nunca he podido reír fácilmente, nunca he llorado de emoción, no me conmueven las cosas bonitas de la vida. Es como el que no tiene gusto para un buen caviar; yo no lo tengo para la felicidad. ¿Qué tiene de malo que necesite vivir de las utopías rotas? ¿Acaso el alegre no se regodea de su felicidad, de lo bien que le va en la vida, de los viajes, la casa, el carro, la esposa, el éxito? ¿Qué tiene de malo que yo lo haga de lo duro que me ha tocado vivir?-
-Que me metiste en tu historia y no me dejas ahora salir-.
-Error. Vos te metiste en mi historia.-
-¡Nunca!- grito dramáticamente.
-Claro, ¿y vos creés que no se te notaban las ganas de que yo traspasara las puertas que me cerraste en la cara?-
Ella lo miró rápidamente con desprecio
-Es sencillo- prosiguió él. –Vos necesitabas alguien que se enamorara perdida y sórdidamente de vos para por fin sentir que la alegría en la que te embarcás cuando te enamorás es una felicidad real y que podría durarte de por vida para evitar ver las cosas asquerosas que te rodean. Te gustó además mi aire taciturno porque lo compartís en el fondo, y además necesitabas un pendejo que no te trajera la felicidad absoluta para poder volver a enamorarte el próximo año de otro y creerte una nueva felicidad anual, ¡porque no hay nada como una felicidad renovada!-, decía Pablo disfrutando cada palabra, cada entonación, como quien lee un buen discurso en voz alta.
-No es cierto- sollozó ella.
-Yo, por mi parte- continuó él-, necesitaba de quién enamorarme, no por la felicidad del amor, que en realidad no sé qué es eso, sino por la posibilidad del sufrimiento. ¿Y por qué me interesa la posibilidad del sufrimiento? Pues porque es donde en realidad se puede llegar a saber algo de la basura asquerosa que es uno. En la efímera felicidad, sólo se sabe que uno es un pendejo como los millones que nos respiran alrededor. ¡Sí, soy complicado, que cosa tan tenaz para una doncella queriendo meterse a un cuento de hadas!-.

Pablo se quedaba sin aliento. No podía concebir que todo se acabara ahora por una razón que no alcanzaba a entender, ni ella terminaba de explicárselo. Sus palabras salían como bocanadas de humo sin esfuerzo y ella parecía irse encolerizando cada vez más. Sabía que lo estaba mandando todo a la mierda con esta diatriba sobre el sufrimiento, con este análisis existencialista tan teórico, tan alejado de lo real y a la vez tan absurdamente claro en su cabeza.

-¡Tu sabes que eso no es así!- gritaba ella indignada. -Tú sabes que no soy una estúpida doncellita, que sólo quiero alguien que pueda vivir la vida y alegrarse al menos de que en este mundo miserable exista yo- decía ahora con aire de víctima mientras su pelo negro le ondulaba con el viento del modo más seductor que él podía imaginar.
- ¡Pero si eso yo lo hacía hasta que a tu existencia le empezó a molestar tanto la mía!- dijo Pablo aprovechando el intersticio para el sarcasmo.

Ella se quedó en silencio. En parte porque era verdad. En parte porque no se le ocurría más cómo defenderse y a la vez sacudirlo de su hermetismo, de su aceptación de su partida. ¿Si lo sentía tanto por qué no luchaba por ella?
- No te puedo convencer de que no me quites este dolor de amarte de un modo en que a veces no puedo respirar, esta angustia que tu no entiendes porque no quieres saber de ella, pero que no es otra que la de no poder complacerte nunca completamente, esta rabia de ver que tú quieres salvarme sin amarme en realidad, sólo para amarme cuando deje de ser yo, para amarme como tu obra- respondió Pablo como si la hubiera escuchado.

Sofía bajó la cabeza mientras una lágrima que nunca dejaría de derramarse empezó a correr esa noche y la atormentaría por siempre como una cuenta de cobro sin pagar por su estupidez. Se levantó de la silla y no pudo mirarlo sino hasta que estaba abajo subiéndose al carro y él se asomaba por el balcón viéndola irse, tan golpeada, tan culpable, tan dañada, que Pablo no pudo más que alegrarse. La felicidad le venía a chorros de viento, le subía un calor a la cara inexplicable, una sonrisa que no podía contener. El corazón le sonaba agitado, se sentía radiante, la noche parecía más hermosa, y las luces de la ciudad le mostraban un universo único, inconmensurable y pleno. “Que buen remedio es el dolor sin sitio, para la felicidad” exclamó.

jueves, 5 de julio de 2012

Matilde



Matilde gritaba indignada, sus gritos se esparcían a más de dos cuadras a la redonda, y ella misma se sorprendía en medio de la angustia de esa voz aguda que ella nunca se había conocido. Por instantes pensó que era otra la que gritaba. La sangre se movia como una serpiente roja y silenciosa por todas partes. Su pantalón blanco era ahora de un rojo que parecía convertirse en vino mientras la herida de Daniel vibraba como un volcán en erupción. La piel estaba caliente, y ella, por momento no la sentía sino que percibía su mano inundada de un líquido espeso y pegajoso. Todo le parecía deforme, extraño, insólito. Nunca creyó que Daniel fuera a morir en realidad en sus manos, pero efectivamente ahora era innegable pues no había nadie que pudiera ayudarlos. Estaban rodeados de bodegas y fabricas solitarias a esas horas de la madrugada, en las afueras de la ciudad. Su mano tocaba algo que podrían ser sus intestinos y le parecía absolutamente repugnante, pero no podía dejar de apretarlos como si quisiera amarrarlo a la vida a pesar de que él ya llevaba un rato de haber dado su último suspiro.

Matilde respiró, miró hacia el frente. Al frente tenía la reja de una fábrica vieja y clausurada. Su mano seguía rígidamente aferrada a un pedazo de intestino. Se preguntaba ahora qué iba a hacer. Su mano no se separaba de Daniel, y la otra no se separaba del arma. Esconder el cadáver era de tontos cuando ya lo había tocado dejando tantos rastros en medio de su episodio de angustia histérica. No podía creer que lo hubiera matado con tanto dolor que hasta gritos desconocidos para ella habían salido de su garganta. La indignación con ella misma le había rugido a los gritos. Se miró la mano fijamente; ya no sentía nada. Sabía que continuaba agarrada a las entrañas de Daniel pero no sentía nada. El cielo estaba gris, y el silencio se expandía por el valle. El arma ya no tenía más balas así que era inútil pensar en suicidarse; además, en realidad no lo quería. Quería vivir, pero no sabía cómo podría habiéndolo matado.

La decisión tenía que aguantar hasta el fin. Matilde esperó hasta el anochecer. Cuando llegó la camioneta continuaba agarrada a Daniel en una especie de trance, el suelo sobre el que se doblaba arrodillada se le movía alejándose y acercándose, y ella misma había dejado de sentir partes de su cuerpo. Sentía que era sólo un par de ojos que miraban a todas partes, pero sin cuerpo. De la camioneta se bajó él, le tocó el hombro. Matilde volteó y lo miró fijamente en silencio y expectante por casi un minuto. No decía nada, sólo observaba, arrodillada en el piso, con la ropa manchada de sangre, con una mano con un arma y la otra entre las tripas secas ya de Daniel.

-Ahora si se ve el color de las entrañas-dijo ella lentamente sin quitar la mirada de sus ojos
-Ahora si puedes dejar de amarlo- dijo él

Matilde movió su mano y le pareció como si fuera la primera vez que la movía en su vida. Cada sensación producto de cada milímetro de su piel le generaba una emoción infinita. Se levantó soltando el arma y apoyándose en él. Con dificultad se arrastró a la camioneta. Antes de entrar, levantó la mirada al cielo ennegrecido y sin estrellas, respiró profundo el aire del valle y sonrió.

miércoles, 4 de julio de 2012

El regalo


Cuando se me acabe esta esperanza, crearé una nueva y esta vez prometo que va a ser resistente al agua de lágrima, a la sequedad de los reproches, a la cortante ventisca de las indiferencias, y al fuego de la rabia mal pronunciada. 

Mi próxima esperanza te ayudará a sentarte a descansar y te leerá poemas infinitos para que la música de las palabras te acompañe en los caminos encrucijados y los sueños que se demoran en cocinarse. 

Mi próxima esperanza te dará la vida que perdiste cuando el último amor cerró la puerta y te ayudará a observar la luna sin dolor, y al mar sin la nostalgia azulada de los enamorados. Te coloreara la mirada cuando se ennegrezca y te cocinara pasteles cuando necesites la dulzura. 

Cuando la cree, le pondré una pizca de sonrisa e ingenio, y entonces cuando te la regale te hará reír todos los días, y más ante los infortunios; que a estos se les perdió la risa y necesitan que alguien como tú pueda retornársela. 

Ella te acompañara a todas partes, será tu guardián y compañera. Tú la harás crecer como merengue y la volverás dulce como el arequipe, alegre como el amor, y liviana como el viento. La acostumbrarás a tus costumbres y la consentirás como a la mascota que no tienes. De ti dependerá que crezca y no empequeñezca. De ti será la responsabilidad de sacarla a pasear y dejarla que juegue en la pradera bajo el sol y te traiga la brisa hacia el rostro cuando necesites respirar. 

La esperanza que te crearé será tu amiga confidente y te escuchará atenta cuando yo no pueda. Te cobijará en la noche como lo hacía yo, y se burlará de tu mente asombrosa de vez en cuando, como para que no te olvides que la vida no deja de ser un maravilloso juego de niños. 

La esperanza que te doy es fuerte como los robles y si dejas que te acompañe te hará grande como los sueños. Nunca la olvides, amiga, no la dejes en soledad, no te pierdas de ella, que por algo dicen que la esperanza es lo último que se pierde, y no quiero que te quedes sola.

La mirada escapada


Cuando se escapó, la mirada se fue calle abajo, volvió a la tienda de frutas en donde le gustaba contemplar los duraznos, y más tarde pasó por el parque para buscar la mariposa que se quedó revoloteando el otro día. Cuando anocheció se hizo un lugar en un farol y observó las telarañas del semáforo. A la madrugada se arrimó a tu ventana, la luz encendida le explicó que estabas despierto, así que escaló el muro y llegó al vidrio. Cuando te vio adentro leyendo un libro y tomándote un vino, la mirada lloró porque no podías sentir su presencia. De pronto, como quien es sorprendido en silencio, tus ojos se salieron del libro y miraron hacia la ventana buscándola; pero ella ya había vuelto a mis ojos cansados.

Emma Sánchez