Oscurecía poco a poco tan lentamente que Pablo se desesperaba. Quería
que el ruido de la avenida bajo su balcón disminuyera dejando que la noche
llegara con su música a acariciarle su silencio. El café se había enfriado ya
pero no quería levantarse de la silla. El libro estaba sobre la mesa con las
flores que ella le había traído para su cumpleaños. La espera se le estaba
haciendo eterna. Ella dijo que llegaría a las
seis y media, pero él sabía que llegaría al menos media hora después. Pablo
se las ingenió para entretener su mente con los transeúntes mientras sentía el
vacío de su ausencia, y de vez en cuando miraba hacia la sala sus maletas
repasando todo lo que contenían; una vida entera que se había multiplicado por
tres en comparación con el número de maletas cuando aterrizó en casa.
Finalmente llegó, traía un gabán blanco y su pelo negro azabache cayendo
sobre sus hombros hacía un contraste especial. Él apagó el cigarro como por
ocuparse y no mirar mientras ella terminaba de apilar una última caja sobre el
tumulto de maletas e iba hasta la habitación para recoger la ropa de ayer y
meterla en una bolsa. Pronto llegaría el camión que recogería sus cosas. Ella
revoloteaba por la casa en silencio, y su nariz estaba roja como si hubiera
estado llorando. No lo miraba. Él sólo pensaba que la casa quedaría tan sola
ahora que ella se llevara todo lo suyo. Hace poco sentía que ya no tenía ni un
solo espacio en su apartamento, pero ahora se le aparecía tan vacío y patético;
un apartamento de soltero, sin sentido de la decoración ni el interés de vivir
con algo más que lo básico. Era como si lo estuvieran desvalijando de cosas que
nunca pensó que necesitaría, pero ahora que se iban, era como si le quitarán el
juguete de su infancia. Que ella se fuera era volver al viejo dolor de los
amores inconclusos, de las esperanzas perdidas, de las frustraciones robustas
de motivos.
Cuando estuvo en el balcón, se sentó en la silla de al lado,
después de haberse tomado su tiempo para respirar en la baranda. Lo miró en
silencio. Pablo entendió que estaba reprochándole todo, desde el día en que no
atendió bien a su padre hasta el que llegó tarde a su cumpleaños. Todo lo que
podía quedar en el pasado ella lo estaba trayendo para recriminárselo todo
junto como en una lista del mercado y poderse ir tranquila. La escuchó en
silencio. La dejó iniciar, y seguir, y seguir, mientras él encendía un
cigarrillo y otro más. Al final ella calló.
-¿Qué tienes para decir?- dijo en el mismo tono recriminatorio de todo
lo anterior
-No me quites este dolor porque si no lo tengo no sentiré nada más.-
dijo Pablo mirándola seriamente. No estaba seguro de que ella pudiera
comprender a qué dolor él se refería. Pero se dio cuenta que ella se apuro a
responder.
-¡¿Cómo puedes vivir así?!- dijo alzando la voz en un tono
recriminatorio más agudo, con tintes de indignación como quien quiere tumbar
todo argumento aplastándolo en el “¿Cómo se te ocurre?”. -Creo que eres muy
masoquista y buscas que yo te siga rechazando para tener más sufrimiento en tu
vida y regodearte en tu autocompasión- decía con rabia mientras se paraba y se
prendía de la baranda dándole más dramatismo a la escena.
-¿Y qué importa? ¿Qué tiene de malo eso? No soy una persona alegre,
nunca he podido reír fácilmente, nunca he llorado de emoción, no me conmueven
las cosas bonitas de la vida. Es como el que no tiene gusto para un buen
caviar; yo no lo tengo para la felicidad. ¿Qué tiene de malo que necesite vivir
de las utopías rotas? ¿Acaso el alegre no se regodea de su felicidad, de lo
bien que le va en la vida, de los viajes, la casa, el carro, la esposa, el
éxito? ¿Qué tiene de malo que yo lo haga de lo duro que me ha tocado vivir?-
-Que me metiste en tu historia y no me dejas ahora salir-.
-Error. Vos te metiste en mi historia.-
-¡Nunca!- grito dramáticamente.
-Claro, ¿y vos creés que no se te notaban las ganas de que yo traspasara
las puertas que me cerraste en la cara?-
Ella lo miró rápidamente con desprecio
-Es sencillo- prosiguió él. –Vos necesitabas alguien que se enamorara
perdida y sórdidamente de vos para por fin sentir que la alegría en la que te
embarcás cuando te enamorás es una felicidad real y que podría durarte de por
vida para evitar ver las cosas asquerosas que te rodean. Te gustó además mi
aire taciturno porque lo compartís en el fondo, y además necesitabas un pendejo
que no te trajera la felicidad absoluta para poder volver a enamorarte el
próximo año de otro y creerte una nueva felicidad anual, ¡porque no hay nada
como una felicidad renovada!-, decía Pablo disfrutando cada palabra, cada
entonación, como quien lee un buen discurso en voz alta.
-No es cierto- sollozó ella.
-Yo, por mi parte- continuó él-, necesitaba de quién enamorarme, no por
la felicidad del amor, que en realidad no sé qué es eso, sino por la
posibilidad del sufrimiento. ¿Y por qué me interesa la posibilidad del
sufrimiento? Pues porque es donde en realidad se puede llegar a saber algo de
la basura asquerosa que es uno. En la efímera felicidad, sólo se sabe que uno
es un pendejo como los millones que nos respiran alrededor. ¡Sí, soy
complicado, que cosa tan tenaz para una doncella queriendo meterse a un cuento
de hadas!-.
Pablo se quedaba sin aliento. No podía concebir que todo se acabara
ahora por una razón que no alcanzaba a entender, ni ella terminaba de
explicárselo. Sus palabras salían como bocanadas de humo sin esfuerzo y ella
parecía irse encolerizando cada vez más. Sabía que lo estaba mandando todo a la
mierda con esta diatriba sobre el sufrimiento, con este análisis
existencialista tan teórico, tan alejado de lo real y a la vez tan absurdamente
claro en su cabeza.
-¡Tu sabes que eso no es así!- gritaba ella indignada. -Tú sabes que no
soy una estúpida doncellita, que sólo quiero alguien que pueda vivir la vida y
alegrarse al menos de que en este mundo miserable exista yo- decía ahora con
aire de víctima mientras su pelo negro le ondulaba con el viento del modo más
seductor que él podía imaginar.
- ¡Pero si eso yo lo hacía hasta que a tu existencia le empezó a
molestar tanto la mía!- dijo Pablo aprovechando el intersticio para el
sarcasmo.
Ella se quedó en silencio. En parte porque era verdad. En parte porque
no se le ocurría más cómo defenderse y a la vez sacudirlo de su hermetismo, de
su aceptación de su partida. ¿Si lo sentía tanto por qué no luchaba por ella?
- No te puedo convencer de que no me quites este dolor de amarte de un
modo en que a veces no puedo respirar, esta angustia que tu no entiendes porque
no quieres saber de ella, pero que no es otra que la de no poder complacerte
nunca completamente, esta rabia de ver que tú quieres salvarme sin amarme en
realidad, sólo para amarme cuando deje de ser yo, para amarme como tu obra-
respondió Pablo como si la hubiera escuchado.
Sofía bajó la cabeza mientras una lágrima que nunca dejaría de
derramarse empezó a correr esa noche y la atormentaría por siempre como una
cuenta de cobro sin pagar por su estupidez. Se levantó de la silla y no pudo
mirarlo sino hasta que estaba abajo subiéndose al carro y él se asomaba por el
balcón viéndola irse, tan golpeada, tan culpable, tan dañada, que Pablo no pudo
más que alegrarse. La felicidad le venía a chorros de viento, le subía un calor
a la cara inexplicable, una sonrisa que no podía contener. El corazón le sonaba
agitado, se sentía radiante, la noche parecía más hermosa, y las luces de la
ciudad le mostraban un universo único, inconmensurable y pleno. “Que buen
remedio es el dolor sin sitio, para la felicidad” exclamó.