Matilde gritaba indignada, sus gritos se
esparcían a más de dos cuadras a la redonda, y ella misma se sorprendía en
medio de la angustia de esa voz aguda que ella nunca se había conocido. Por
instantes pensó que era otra la que gritaba. La sangre se movia como una serpiente roja y silenciosa por todas partes. Su pantalón blanco era ahora de un rojo que parecía
convertirse en vino mientras la herida de Daniel vibraba como un volcán en
erupción. La piel estaba caliente, y ella, por momento no la sentía sino que
percibía su mano inundada de un líquido espeso y pegajoso. Todo le parecía
deforme, extraño, insólito. Nunca creyó que Daniel fuera a morir en realidad en sus manos,
pero efectivamente ahora era innegable pues no había nadie que pudiera ayudarlos.
Estaban rodeados de bodegas y fabricas solitarias a esas horas de la madrugada,
en las afueras de la ciudad. Su mano tocaba algo que podrían ser sus intestinos
y le parecía absolutamente repugnante, pero no podía dejar de apretarlos como
si quisiera amarrarlo a la vida a pesar de que él ya llevaba un rato de haber
dado su último suspiro.
Matilde respiró, miró hacia el frente. Al
frente tenía la reja de una fábrica vieja y clausurada. Su mano seguía rígidamente
aferrada a un pedazo de intestino. Se preguntaba ahora qué iba a hacer. Su mano
no se separaba de Daniel, y la otra no se separaba del arma. Esconder el cadáver
era de tontos cuando ya lo había tocado dejando tantos rastros en medio de su episodio de angustia histérica. No podía creer
que lo hubiera matado con tanto dolor que hasta gritos desconocidos para ella
habían salido de su garganta. La indignación con ella misma le había rugido a
los gritos. Se miró la mano fijamente; ya no sentía nada. Sabía que continuaba
agarrada a las entrañas de Daniel pero no sentía nada. El cielo estaba gris, y
el silencio se expandía por el valle. El arma ya no tenía más balas así que era
inútil pensar en suicidarse; además, en realidad no lo quería. Quería vivir, pero
no sabía cómo podría habiéndolo matado.
La decisión tenía que aguantar hasta el fin. Matilde esperó hasta
el anochecer. Cuando llegó la camioneta continuaba agarrada a Daniel en una
especie de trance, el suelo sobre el que se doblaba arrodillada se le movía
alejándose y acercándose, y ella misma había dejado de sentir partes de su
cuerpo. Sentía que era sólo un par de ojos que miraban a todas partes, pero sin
cuerpo. De la camioneta se bajó él, le tocó el hombro. Matilde volteó y lo miró
fijamente en silencio y expectante por casi un minuto. No decía nada, sólo
observaba, arrodillada en el piso, con la ropa manchada de sangre, con una mano
con un arma y la otra entre las tripas secas ya de Daniel.
-Ahora si se ve el color de las entrañas-dijo
ella lentamente sin quitar la mirada de sus ojos
-Ahora si puedes dejar de amarlo- dijo él
Matilde movió su mano y le pareció como si
fuera la primera vez que la movía en su vida. Cada sensación producto de cada milímetro
de su piel le generaba una emoción infinita. Se levantó soltando el arma y
apoyándose en él. Con dificultad se arrastró a la camioneta. Antes de entrar,
levantó la mirada al cielo ennegrecido y sin estrellas, respiró profundo el
aire del valle y sonrió.

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