En donde vivo hay una montaña. La montaña es
sonriente casi todo el tiempo y le gusta tener casitas de colores donde vive
gente con vidas de colores. A veces se pone gris porque el cielo quiere tocarla
y la cubre con su humo. A veces el sol la calienta y la vuelve verde brillante
mientras ella busca combinar con las vidas coloreadas de la gente que duerme en
coloreadas camas.
Desde mi ventana se ven sus cuadras repletas de
ventanas que de noche me muestran las vidas iluminadas de hogares donde hay
gente que habla, se acaricia y duerme acompañada. Desde mi ventana en la noche
mientras me acompaña mi soledad, que se llama Tomás, porque es hombre y pocas veces habla
pero cuando lo hace me dice verdades, me gusta ver las cuadras repletas de
lámparas de vida acompañada.
Muchas personas suben y bajan la montaña cada
día y cada noche. Historias de amor y desamor, de peligro y seguridad, de
silencio y algarabía se tejen entre los recorridos de personas, que como hormigas
se adentran en las calles de estas cuadras repletas, y crean lo que Tomás y yo
hemos llamado “Historias de cuadrantes”.
Pero lo que poca gente sabe es que hay una
cuadra que nadie conoce. Es una cuadra imaginaria. Nadie la conoce porque ha
decidido permanecer oculta para que ningún inescrupuloso quiera transitarla.
Baja desde la montaña hasta mi ventana en línea casi perfecta. Tomás me ha
hecho notar que lo hace de un modo extraño; toca los árboles altos como pinos
del camino, bordea un caminito iluminado de una conocida universidad y llega
hasta el portón blanco de un edificio amarillo.
No sabemos qué trama y me ha dado miedo lanzarme a recorrerla porque me
implica salir de mi ventana de un noveno piso, dar un paso al frente sobre el
vacío de una calle transitada y confiar en que la cuadra no me deje caer.
Implica que deje la comodidad de mi almohadón, el vino que me acompaña en la
noche y sobretodo que deje de mirar la sonriente montaña y empiece a buscar qué
hay detrás del portón blanco, o a sus alrededores. He pensado a veces que si
alguien del otro lado me tirara una cuerda yo podría pasarla sin miedo. Me
lanzaría como en Canopi y hasta intentaría tocar las hojas verdes de los
árboles que la rodean para sonreír un poco más.
Es extraño ver una cuadra imaginaria donde
nadie más puede hacerlo, y más extraño aún que se detenga justamente en mi
ventana y no en la de nadie más. Tomás dice que si no me decido pronto, tal vez
se aburra y se vaya a buscar nuevas ventanas. Él asegura que la cuadra me
quiere ayudar a encontrar algún tesoro escondido que debe haber más allá del
portón, y que yo sería absolutamente tonta si no le hago caso. Pero es que
Tomás no entiende que él no es de carne y hueso como yo, que si él se cayera de
un noveno piso sólo sufriría yo que me quedaría sin soledad, pero nadie más, y
que además no habría dolor, ni dejaría de ver a sus seres queridos, ni se
lanzaría con ilusiones y emociones a un mundo desconocido, que a los humanos
tanto nos asusta.
Anoche Tomás se enojó conmigo, y luego mientras
dormía, y a mi me acompañaba mi insomnio, que se llama Juana porque es mujer y
bien habladora y nadie la calla, me levanté y llegué hasta mi ventana. Juana,
que se parece a Juana la Loca, me siguió en pijama y pantuflas, y se quejaba
del frío y del café que me tomé antes de irme a la cama, y de mis pensamientos estúpidos
en las noches, de la pesadilla que la despertó y de no sé qué más. Me quedé
observando la cuadra imaginaria una vez más y al fondo el portón blanco se
veía amarillo porque la cuadra ha
dispuesto una lámpara que ilumine el final del camino. Al parecer según me contó
luego, -cuando decidí conversarle para conocerla y tenerle más confianza-, le
pidió el favor al Alto Consejero de la Cuadra que le pusiera una luz en esa
esquina, para que las personas miedosas como yo, no nos atemorizáramos tanto.
Suspiré un poco, miré a Juana que ahora me observaba sin parpadear y
curiosamente se había quedado muy callada. Me dijo que no le pidiera consejo a
ella porque ella no era muy buena amiga de los pensamientos razonables. Yo le
dije que los pensamientos razonables nunca habían sido muy buenos consejeros
míos, no sé por qué pero a mi no me han ayudado precisamente a ser feliz.
Entonces Juana se quedó un rato pensando, se notaba que hacía un esfuerzo sobrehumano
y se movía por toda la sala sin parar. Luego de media hora me dijo con un tono alegre
que ya sabía a quién podía preguntarle. Me dijo que le preguntara a la
confianza, que en mi caso se llama Andrea, ya que siendo tanto hombre como
mujer, y siendo la que más vive tranquila y feliz, según Juana, reunía las
condiciones perfectas para ayudarme en este dilema.
Esta idea me pareció estupenda, pero ¿dónde
estaba Andrea?, la última vez que la había visto había sido rato ya, sé que en
los últimos meses apareció en pequeños momentos pero yo andaba tan ocupada que
ni la saludé bien. Es probable que estuviera brava conmigo. A Juana se le
ocurrió que debía andar en mi biblioteca leyendo de nuevo mi libro favorito, el
de la historia interminable, que ella intentó leer una vez pero no hizo sino
despertarla más. Entonces corrí hacia mi biblioteca, Tomás se despertó y me
observaba enojado, y Andrea no me respondió hasta que le recité una de mis
frases favoritas:
“Only the right name gives beings and things
their reality. A wrong name makes everything unreal. That's what lies
do.”
Andrea me miró en silencio, cerró
el libro y respondió:
“There were thousands and thousands of forms of
joy in the world, but that all were essentially one and the same, namely, the
joy of being able to love.”
Y continuó:
-That’s what you have to do, that’s the path
you got to walk.-
Anoche salí a la ventana, el
viento helado de la madrugada quería devolverme de un tirón, pero yo lo nombré
con el nombre adecuado, y al miedo, al vértigo, a la noche, a la luna, a la
incertidumbre, a la montaña oscura y sonriente; a todas les puse su nombre y
así me dejaron caminar. Mientras atravesaba, la cuadra imaginaria me contó su
historia, hecha de 27 letras, como todas las historias. Pero esa es otra
historia y deberá ser contada la siguiente vez.
Emma Sánchez

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